A 150 años de su fallecimiento, la figura de Juan Pablo Duarte es revisitada no solo como el fundador de la nación y organizador de La Trinitaria, sino como un pensador cuyo proyecto político implicaba una concepción urbanística de la República. Así lo plantea una columna de opinión que, basándose en los trabajos del historiador Orlando Inoa Bisonó, propone una lectura novedosa del legado del patricio dominicano.
De acuerdo con el análisis, Duarte fue un profundo conocedor del liberalismo europeo del siglo XIX y entendió que la libertad solo podía consolidarse mediante instituciones permanentes. En ese contexto, la ciudad se erige como la institución física que materializa los principios republicanos. El autor de la columna sostiene que “toda República presupone una ciudad capaz de materializar sus principios políticos, albergando una sociedad al servicio de sus ciudadanos con sus espacios físicos dispuestos para su uso y disfrute”.
La ciudad como soporte de la República
El proyecto político de Duarte exigía ciudadanos iguales ante la ley, educación pública, administración civil, justicia independiente y representación política. Según el análisis, ninguno de esos principios puede existir únicamente como declaración jurídica; todos requieren un soporte material: la ciudad. Implícitamente, los tribunales, las escuelas, los ayuntamientos, las plazas, los mercados y las calles constituirían la arquitectura de la nueva República Dominicana.
Durante el siglo XIX, mientras el liberalismo sustituía al absolutismo en Europa, muchas ciudades comenzaron a reorganizarse para responder a nuevas exigencias de ciudadanía, higiene, movilidad y administración pública. Es en ese mismo contexto intelectual que se sitúa Duarte, quien entendió que la libertad solo podía consolidarse mediante instituciones permanentes, y la ciudad dispuesta para los ciudadanos es en sí una institución.
El legado urbanístico del patricio
Desde esta perspectiva, Duarte puede entenderse como el arquitecto intelectual de la República Dominicana. No porque diseñara edificios o trazara ensanches urbanos, sino porque dio pie a la formulación de un orden político que habría de dar sentido a la construcción de una ciudad verdaderamente republicana. Su proyecto nacional no terminaba con la independencia; aspiraba a la creación de una comunidad política donde el espacio público perteneciera a los ciudadanos y las instituciones sustituyeran definitivamente al caudillismo o a la opresión.
La aportación historiográfica de Orlando Inoa resulta esencial para sostener esta interpretación. Dicho historiador, al recuperar al Duarte histórico —alejado de la retórica y comprendido como un intelectual liberal de su tiempo y hecho a sí mismo— permite descubrir que su legado trasciende el ámbito estrictamente político. Si la arquitectura expresa materialmente los valores de una sociedad, entonces la República imaginada por Duarte implicaba necesariamente una nueva forma de concebir la ciudad.
Desde luego, esta es una de las dimensiones menos exploradas del patricio dominicano. Duarte no proyectó calles ni levantó edificios públicos, pero diseñó los principios éticos e institucionales sin los cuales ninguna ciudad moderna puede considerarse auténticamente republicana.
