El consumo diario de vitaminas y suplementos nutricionales, una práctica cada vez más extendida, puede acarrear serios riesgos para la salud si se realiza sin supervisión médica o asesoramiento profesional. Especialistas advierten que la automedicación con estos productos, lejos de ser inofensiva, puede provocar efectos adversos, ocultar enfermedades de base y generar toxicidad en el organismo.
La doctora Bertina Ferrández, especialista en nutrición y dietética y miembro de la plataforma Top Doctors, señala que “estamos en un momento en el que la suplementación nutricional se ha convertido en el recurso de muchas personas en su búsqueda de mejorar su salud, rendimiento o bienestar, sobre todo al amparo de la creencia muy generalizada de que `si algo es natural, no hace daño´”. Sin embargo, advierte que existe “cierta desinformación y desconocimiento sobre los posibles riesgos que pueden derivar del consumo de estos suplementos ‘de moda’”.
Límites de seguridad y déficits no diagnosticados
La doctora Ferrández explica que “casi todos los nutrientes tienen un límite superior de consumo seguro o Nivel de Ingesta Superior Tolerable (UL, por sus siglas en inglés) definido por organismos sanitarios como la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), y superar ese límite al consumir un suplemento nutricional aumenta el riesgo de experimentar efectos adversos”. Un error frecuente es tomar suplementos “sin saber si realmente existe un déficit nutricional en nuestro organismo, o sin una prueba analítica o una valoración médica que lo justifique”. Esta práctica, común con el hierro, la vitamina D o la B12, puede ocultar enfermedades de base y llevar a un consumo excesivo.
Otro problema habitual, según la especialista, es que una persona acumule en su organismo una misma vitamina o mineral consumiendo distintos productos, como multivitamínicos, suplementos para las defensas o cápsulas para el pelo o la piel. “Así es muy fácil sobrepasar los límites de UL, sobre todo con vitamina A, vitamina D o minerales como el zinc”, advierte. También es común “tomar suplementos en lugar de mejorar la dieta o seguir un tratamiento indicado por un médico”.
Interacciones y combinaciones peligrosas
La doctora Ferrández alerta que “mucha gente no se informa sobre las interacciones de los suplementos que toma con medicamentos, enfermedades previas, embarazo, lactancia o problemas renales y hepáticos. Todos estos factores cambian por completo el perfil de seguridad de su consumo”. Algunas combinaciones que conviene evitar son: “omega-3 con anticoagulantes, antiagregantes, antiinflamatorios crónicos o altas dosis de vitamina E (por riesgo añadido de sangrado); melatonina con medicamentos sedantes, antihistamínicos o alcohol (se potencia el efecto sedante); y probióticos en personas que reciben tratamientos inmunosupresores o quimioterapia”.
Los efectos adversos más comunes del consumo excesivo o inadecuado de suplementos son, según la especialista, los síntomas digestivos. También pueden aparecer reacciones alérgicas como ronchas, picor intenso, inflamación de labios o párpados, y dificultad respiratoria, “lo cual requiere suspender la toma del producto y buscar atención médica”. Asimismo, algunos suplementos pueden generar síntomas neuromusculares o alteraciones en pruebas analíticas, como cambios en la función hepática o elevación de creatinina y ferritina. “Por eso, no se recomienda mantener la toma de suplementos potentes durante meses sin control, especialmente si la persona toma medicación de manera crónica o tiene enfermedades previas”, enfatiza.
Riesgos específicos de los suplementos más populares
La doctora detalla los peligros de consumir en exceso los suplementos “de moda”. Las vitaminas liposolubles A, D, E y K “se acumulan en el organismo y son las más relacionadas con problemas de toxicidad”. Las dosis altas de vitamina D pueden causar hipercalcemia y daño renal, mientras que el exceso de vitamina A se asocia a alteraciones óseas y hepatotoxicidad. En cuanto al magnesio, las dosis altas pueden provocar diarrea, cólicos y, en personas con insuficiencia renal, hipermagnesemia con hipotensión y arritmias. La creatina, por su parte, puede causar problemas digestivos y retención de líquidos con dosis muy altas, y se recomienda prudencia en personas con enfermedad renal.
El consumo excesivo de hierro puede provocar náuseas, dolor abdominal y, a largo plazo, daño hepático, pancreático y cardiaco. El colágeno, aunque suele tolerarse bien, puede incluir en sus formulaciones vitaminas y minerales que, al combinarse con otros suplementos, lleven a acumular cantidades elevadas de vitamina A, D o yodo. Los ácidos grasos omega-3 pueden causar reflujo o diarrea, y en dosis altas junto con anticoagulantes aumentan el riesgo de sangrado. La melatonina, por su parte, suele usarse en dosis más altas de lo necesario; la especialista señala que “para facilitar el inicio del sueño, las dosis bajas (0,3–1 mg) son las que cuentan con mayor respaldo científico y menor riesgo de efectos adversos”. Finalmente, sobre los probióticos, Ferrández destaca que “no todas las cepas están respaldadas por el mismo nivel de evidencia científica ni sirven para las mismas situaciones”, y aunque son seguros en la población general, se recomienda un uso prudente en personas inmunodeprimidas o con enfermedades intestinales graves.
